Dialogando con Pepetuerca
Fragmento del dialogo que mantuve ayer con Pepetuerca:
[...]
Pepetuerca -No sabes el asco que me dió ese día…
Yo -Porqué? Es linda!
Pepetuerca -Si pero, después levanto el brazo y tenía unos cardos… unos pelitos de como medio cm de largo.
Yo - [Cara de asco]
Pepetuerca -Desde ese día no la quise ver mas…
Yo - [Cara de asco]
Pepetuerca es obviamente un nombre imaginario para no revelar el verdadero nombre de mis amigos.
Chicas; ahora ya saben una cosa de la que tienen que cuidarse!
PD: Si bien el dialogo es verídico, cada quien tiene sus gustos y preferencias, y decide qué hacer o no con su cuerpo. No salten los mas formaditos a tacharme de discriminador.
agggggggghasdasdasdsaddas
Pobre pepetuerca, no se, capaz es re machista mi forma de pensar, pero si fuera hombre y una flaca tiene pelos abajo de los brazos me daria mucho asco…
jajaja
Y bueno, la chica no es superficial… a alguien le va a gustar… hay que ver en qué rincón del amazonas se encuentra
jajajaja!
PRIMER COMENTARIO DESPUES DE MUCHO TIEMPO! B)
UNA MINA CON “CARDOS DEBAJO DE LOS BRAZOS” ES UNA MINA QUE NO SE QUIERE DE ALGUNA MANERA, COLGARSE EN LAS COSAS MINIMAS QUE REPRESENTAN LA BELLEZA PERSONAL Y HIGIENICA SON SIN DUDA COSAS DE PERSONAS QUE NO SE QUIEREN MUCHO A SI MISMAS… E DICHO!
jajaja quien sabe, capaz se encuentre alguien como Olvierio Girondo que le diga:
No se me importa un pito que las mujeres
tengan los senos como magnolias o como pasas de higo;
un cutis de durazno o de papel de lija.
Le doy una importancia igual a cero,
al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco
o con un aliento insecticida.
Soy perfectamente capaz de sorportarles
una nariz que sacaría el primer premio
en una exposición de zanahorias;
¡pero eso sí! -y en esto soy irreductible- no les perdono,
bajo ningún pretexto, que no sepan volar.
Si no saben volar ¡pierden el tiempo las que pretendan seducirme!
Ésta fue -y no otra- la razón de que me enamorase,
tan locamente, de María Luisa.
¿Qué me importaban sus labios por entregas y sus encelos sulfurosos?
¿Qué me importaban sus extremidades de palmípedo
y sus miradas de pronóstico reservado?
¡María Luisa era una verdadera pluma!
Desde el amanecer volaba del dormitorio a la cocina,
volaba del comedor a la despensa.
Volando me preparaba el baño, la camisa.
Volando realizaba sus compras, sus quehaceres…
¡Con qué impaciencia yo esperaba que volviese, volando,
de algún paseo por los alrededores!
Allí lejos, perdido entre las nubes, un puntito rosado.
“¡María Luisa! ¡María Luisa!”… y a los pocos segundos,
ya me abrazaba con sus piernas de pluma,
para llevarme, volando, a cualquier parte.
Durante kilómetros de silencio planeábamos una caricia
que nos aproximaba al paraíso;
durante horas enteras nos anidábamos en una nube,
como dos ángeles, y de repente,
en tirabuzón, en hoja muerta,
el aterrizaje forzoso de un espasmo.
¡Qué delicia la de tener una mujer tan ligera…,
aunque nos haga ver, de vez en cuando, las estrellas!
¡Que voluptuosidad la de pasarse los días entre las nubes…
la de pasarse las noches de un solo vuelo!
Después de conocer una mujer etérea,
¿puede brindarnos alguna clase de atractivos una mujer terrestre?
¿Verdad que no hay diferencia sustancial
entre vivir con una vaca o con una mujer
que tenga las nalgas a setenta y ocho centímetros del suelo?
Yo, por lo menos, soy incapaz de comprender
la seducción de una mujer pedestre,
y por más empeño que ponga en concebirlo,
no me es posible ni tan siquiera imaginar
que pueda hacerse el amor más que volando.
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